4.2.11

Recomendación de la semana: Lola Montes (Max Ophüls, 1955). El barroco hecho celuloide

Casi medio siglo después de su estreno, Lola Montes, un film reivindicado por la Nouvelle vague, sigue deleitando al espectador. Entre otras cosas, por sus buenas interpretaciones: Peter Ustinov –que deslumbra por el modo en cómo presenta los números circenses– y Martine Carol, en el mejor papel de su escueta carrera.
La joven actriz dibuja un recorrido casi completo por la vida de Lola, una cortesana que, tras vivir con numerosos y adinerados amantes, se ha visto forzada a trabajar como espectáculo visual para un maestro circense. Ahora, expuesta al público, descubrimos –a través de ingeniosos flashbacks– su dura infancia y su escandalosa vida amorosa.
Lola Montes se nos presenta como un personaje marcado por la muerte de su padre y el comportamiento irresponsable de su madre. La bella cortesana se manifiesta además como víctima del despertar de una nueva época culturalmente empobrecida, de la que fue hija sin quererlo, y que en la película aparece muy bien personificada por el personaje de Ustinov: “No me importa cómo bailas, lo que me importa es el escándalo” –dice el materialista y amoral maestro circense, en palabras que bien pueden extrapolarse al sensacionalismo que emana de algunos programas televisivos de ahora.
¡Pero Lola Montes no tiene nada que ver con esta reciente explosión de banalidad! El rechazo de todo lo tradicional, la modernidad y el feminismo son los verdaderos elementos que abandera la protagonista, tanto por su desenfadado aspecto de fumadora y bailaora de flamenco –un baile rupturista por aquél entonces– como por su carácter independiente, aventurero y liberal.
Curiosa resulta, por otra parte, la conexión paralela que narrativamente establece el director, Max Ophüls, entre la vida real de Lola y el teatral modo en que es representada en el circo. En este sentido, están muy bien entrelazados los números que se suceden en el espectáculo y las distintas situaciones reales que vivió la protagonista, en una obra que exhibe complejos números acrobáticos, goza de apasionadas escenas románticas y cuyo elemento común es el preciosísimo atrezzo que los acompaña, tan descaradamente barroco.
Más labrada está, sin embargo, la representación circense de su vida, que va “in crescendo” a lo largo de la trama y culmina con su vertical descenso –tan acrobático como simbólico– hacia la desgracia, para convertirse literalmente en animal de feria.
Son impagables la paradójica escena de la protagonista subiendo exhausta por una elevada cuerda, mientras el maestro del circo narra al público la etapa más gloriosa de su vida; y la última, en que Lola aparece enjaulada –cuál bestia de zoológico– y ante ella se amontona una cola de espectadores dispuestos a pagar un dólar para besar su mano. Esto, sumado a que el público la acribilla con viscerales preguntas, denuncia visualmente a la masa que acude al evento, sedienta de espectáculo morboso, así como al materialista organizador, que se aprovecha de la exhibida cortesana y atenta contra su dignidad.
Muy cuidada está también la fotografía, saturada de color y movimiento, que oníricamente capta la acción desde numerosos ángulos de cámara. En ocasiones, las escenas filmadas entre bambalinas convierten al espectador en una especie de mirón, que contempla fascinado las conversaciones entre Lola y sus famosos amantes, entre los cuales hallamos al teniente Thomas James y a Luis I de Baviera.
Con todo, no queda más que agradecer la cita con el pasado del cine a la barcelonesa sala Verdi, que vuelve a acertar en sus reposiciones al haber escogido la obra póstuma de Ophüls. Una obra que, pese a su denso procedimiento y un metraje excesivo, hipnotiza por su inconmensurable plasticidad visual y sutilísimos diálogos a cargo de un reparto verdaderamente excelente. Montès, esta incomprendida golondrina –deseada, capturada e humillada por el hombre– regresa a la cartelera completamente restaurada, con objeto de satisfacer al público adulto que disfruta saboreando clásicos.

Valoración: 4/5