24.4.11

Las cosas de Carles: Soul Kitchen (Fatih Akin, 2009)

Emprendedor, ingenioso y sobre todo camaleónico. Así podríamos describir a grandes rasgos a Fatih Akin, un director a quien le sienta muy bien pasear entre varios géneros cinematográficos. Thriller, drama y melodrama son los campos por los que ha circulado este cineasta de origen turco, empeñado en moldear el tema de la inmigración desde distintos y complejos puntos de vista, en películas que suelen estar gobernadas por el realismo y en ocasiones sobrepasan los límites del fatalismo.
Pero Akin no se queda aquí. Él va más allá. Y ha vuelto a triunfar. Lo ha hecho con la comedia, otro género integrante de su caleidoscópico cine, cristalizado en películas como Solino y su obra más reciente, Soul Kitchen, la aparente ovejita negra del selectivo y elitista Festival de Cannes que, sorprendentemente, en su 66ª Edición, acabó llevándose el Premio Especial del Jurado. Todo gracias a Fatih Akin, este camaleón excursionista ya premiado anteriormente en Cannes y Berlín.
Crudeza, tragedia, retratos sociales, mensajes de denuncia, repelencia al sentimentalismo… y estatuillas bajo el brazo. Éste era el camino a seguir por Fatih Akin tras firmar películas melodramáticas y sórdidas como Frente a la pared y Al otro lado. Pero después llegó Soul Kitchen y la cosa cambió de rumbo con esta cinta alérgica a la oscuridad plasmada por Akin en sus anteriores filmes, que parece recoger los brevísimos destellos de buen rollo y paz que en ellos aparecen, para hacer emerger una historia cuyo verdadero protagonista es la cocina.
Será entre ambientes gastronómicos, a años luz del fatalismo y la realidad descarnada, donde el director turco cambie radicalmente su look para sumergirse en las burbujeantes aguas de la comedia más chispeante. Y lo mismo sucederá con el actor Birol Ünel que, además de trabajar con Akin por segunda vez, se aleja de la lograda faceta de castigado borracho que consumó en Frente a la pared para ironizar ahora sobre los presumidos artistas de la alta cocina. Ünel vuelve a resaltar en pantalla, con un papel secundario, y lo hace interpretando a un engreído “Ratatouille” de carne y hueso.
Pero no es el único actor que retendremos en retina y mente. Adam Bousdoukos, que también participó en otros filmes de Akin, en ocasiones como simple cameo, aparece aquí de protagonista y también brilla. Responde al nombre de Zinos, dueño del anticuado pero cómodo restaurante “Soul Kitchen”. Su novia, Nadine, se ha mudado a Shanghai y sus clientes están boicoteando a Weiss, su nuevo y estirado chef. Para colmo, su disparatado hermano Illias –interpretado por un Moritz Bleibtreu que también manifiesta versatilidad camaleónica– acaba de salir de la cárcel. Y por si fuera poco, Zinos se ha dañado la espalda y deberá hacer frente a inspectores de sanidad y a especuladores inmobiliarios que pretenden derribar su negocio para construir viviendas.
Fatih Akin ha hecho un film mucho más sintético que sus anteriores, impreso con frenético ritmo. Un requisito indispensable de las buenas comedias que concede al producto lo que más necesita: que el tiempo pase volando y salgamos de la sala con saludable mentalidad masoquista. Vamos, que uno sale del cine con agradecido dolor abdominal y ganas de más.
Y es que la risa es el único plato con el que director pretende llenarnos de satisfacción a base de gags inteligentes, ligeros toques de humor negro y políticamente incorrecto e ironías que van desde la cinefilia hasta la pasión literaria, pasando incluso por la religión –con la supuesta última cena en el restaurante–, pero siempre desde el respeto. El director turco se vale de estas premisas y de alguna que otra escena romántica, para dar en el clavo con una película realmente entretenida, que yuxtapone humor fácil e intelectual en medio de ambientes fiesteros y de estética cool. Del mismo modo, estos rasgos sirven a Akin para retratar con soltura parte del espíritu juvenil de la Era Youtube.
La película, además, cede espacio al típico malvado de la función, que esta vez viene representado por un pseudo-amigo del protagonista, de sesera especulativa, llamado Thomas Neumann, cuyo máximo interés es apoderarse del “Soul Kitchen” para transformarlo en billetes de 500 €. Neumann –encarnado por el hermético actor Wotan Wilke– contrae varios lazos de unidad con los estereotipados enemigos que aparecen en el cine yanqui infantil. Esas caricaturas andantes, dispuestas a cerrar el grifo de la alegría y a quemar el sueño compartido por una pandilla de amigotes. Y es que, maniquea adrede, la película no pretende funcionar como sabia crítica al materialismo empresarial o a la especulación aguerrida.
Simpática, enrollada, optimista y trufada de melodías pegadizas, Soul Kitchen despierta la comicidad desde los primeros minutos como si de un afectivo saludo entre colegas se tratara. Akin resbala un poco al resolver tramas de un modo tópico y forzado, pero lo que importa aquí no es realismo ni precisión, sino una cadencia de risas y sonrisas envuelta por una atmósfera de posmodernismo que está presente hasta en los títulos de crédito.
“Quería probar otras cosas”, afirmó el director turco ante la prensa, tras presentar su último film en la Mostra veneciana. ¡Benditos sean sus cambios de registro! –responde este crítico.

Valoración: 3,5/5