29.4.11

Recomendación de la semana: La vida es bella (Roberto Benigni, 1997)

Varios saltos por encima de las butacas y otros pocos al subir la escalinata. Así fue a recoger el Óscar Roberto Benigni en 1998, mientras los aplausos de la sala rivalizaban con la melodía de Nicola Piovani, compositora que también fue galardonada aquella noche. Benigni se llevó dos estatuillas. Más que merecidas. A “Mejor actor” y “Mejor película de habla no inglesa”. ¿El motivo? La vida es bella. Un film rutilante, de los mejores de aquella década, capaz de aunar a público y crítica, homena-jeando al cine clásico y emocionando al espectador. 
Dirigida, escrita y prota-gonizada por Benigni, la película sorprendió al mundo por la original forma en que enfocaba un tema no pocas veces tratado a lo largo de la historia: el Holocausto. Géneros como la acción, la comedia, el drama, e incluso el terror, han visto nacer todo tipo de cintas sobre las dictaduras del siglo XX y sus consecuencias. Entre todas ellas, La vita è bella se erige como un curioso híbrido entre risa y tragedia, donde esporádicamente se dan cita gags memorables de maestros del humor –como Charles Chaplin, Blake Edwards y Howard Hawks– en compañía de momentos amargos, arrebatadores, que nos permiten sentir la fuerza del cine. 
La fórmula de la que parte el film es poderosa. Extrovertido y mediterráneo a más no poder, Guido Orefice –la versión europea y mejorada del también histriónico Robin Williams– llega a una ciudad de la Toscana con objeto de abrir una librería. Allí conocerá a Dora, de la que se enamora perdidamente. La conquistará. ¡Y de qué manera! Se casarán y tendrán un hijo. Pero estalla la guerra y los tres son enviados a un campo de concentración donde Guido, una vez más, demostrará que, en la peor de las situaciones, la vida puede seguir siendo un cuento de hadas. 
Divertido, entrañable, perspicaz e inocente sólo en apariencia, Guido tiñe de ilusión la historia de La vita è bella, convirtiéndola en un valioso canto al optimismo y a la familia. Amor, amistad, unión, tristeza y muerte son los ingredientes que Benigni ha elegido. Su acalorada interpretación, la cuchara que los mezcla. En este consomé cinematográfico también adquieren especial relevancia conceptos como verdad y mentira. La cruda e imborrable realidad y el sano disfraz. De eso trata el film de Benigni y así es como piensa su personaje, esa suerte de mártir bondadoso, risueño, y chapliniano, portador de la luz de la alegría, que se sacrifica para ayudar a sus seres queridos y conservar la inocencia de su hijo. Benigni rubrica así un film educativo y psicológicamente saludable, que abarca un tema macabro y descabellado sin necesidad de ser explícito. Una película, en definitiva, que busca la magia en pocos espacios y la encuentra; que partiendo de una temática áspera opta por el inédito camino de la fantasía y la belleza como medicina para superar traumas del pasado.

Valoración: 4,5/5